Mudarse de país no solo cambia el idioma o la dirección en el GPS, cambia la lógica cotidiana.
Hay una etapa silenciosa en todo proceso migratorio: ese momento en el que lo que te parecía extraño empieza a dejar de serlo. No porque lo entiendas, sino porque dejás de resistirte.
Vivir en Arabia Saudita me obligó a observar cosas que, al inicio, me parecían exageradas, incómodas o desconcertantes. Hoy, muchas forman parte del paisaje mental con el que organizo mis días, y esa transición dice más sobre adaptación que cualquier discurso.
1. La ciudad no combate el calor, se organiza alrededor de él
En algunos países los veranos se transitan; en otros, se padecen. Cualquiera pensaría que, a 50 grados Celsius, Arabia Saudita es invivible, pero no. Aunque el clima es extremo durante el verano, la gran mayoría de los espacios residenciales y comerciales cuentan con aire acondicionado o con infraestructuras pensadas para que circular al aire libre no sea peligroso. Ventilas subterráneas que expulsan aire frío al nivel del suelo, esparcidores de agua en espacios abiertos, recorridos sombreados: el confort no aparece como excepción, sino como parte del diseño urbano.
Ninguno de los países que han superado los 50 °C durante el verano tiene aire acondicionado en absolutamente todas sus estructuras residenciales y comerciales, pero algunos, sobre todo en el Golfo, se organizan como si así fuera.
No se trata de vencer al clima, sino de reconocer que incluso la comodidad responde a una lógica cultural. Y en ese vaivén constante de entrar, salir y aclimatarse, entendí que habitar un lugar extremo no consiste en dominarlo, sino en aprender a leerlo.
2. El mall como espacio social, no comercial
En mi lógica anterior, el mall era un lugar transaccional: entrás, comprás, salís. Aquí es otra cosa. Es punto de encuentro, paseo, café, rutina. No siempre vas a consumir; a veces vas simplemente a estar.
Lo interesante no es el edificio, sino lo que revela: una ciudad que transforma los espacios cerrados en plazas modernas para el esparcimiento de la población. No es solo un centro de compras, es un punto de reunión. Es común ver grupos de amigas, amigos o familias que no necesariamente van con un objetivo concreto, sino a compartir el tiempo. El mall concentra servicios (tiendas de ropa, farmacias, supermercados, parques de diversiones infantiles), pero también ofrece algo menos tangible: un espacio habitable cuando el exterior se vuelve hostil.
Cuando llegué an Arabia no entendía qué ir a hacer al mall si no tenía nada que comprar. Hoy mi respuesta automática a un “¿qué hacemos?” es simple: vamos a un mall. Lo que antes veía como consumo, ahora lo leo como adaptación urbana.

3. Hospitalidad como lenguaje
Las reuniones sociales aquí no son improvisadas. Hay cuidado en los detalles, en la presentación, en la abundancia. Porciones generosas, mesas montadas con intención, una estética que podría parecer exceso si se mira desde afuera. Pero el detalle no es ostentación; es código social.
Se intenta evitar el desperdicio, aunque, sin planificación, es fácil caer en él.
La hospitalidad no es un gesto ocasional; aquí es parte de la identidad. Al inicio me intimidaba un poco. ¿Se esperará que yo haga lo mismo?, pensaba. Hoy lo leo de otro modo: como una forma cultural de respeto.
4. La ciudad que se rehace constantemente
De repente aparece una estructura monumental que antes no estaba ahí; meses después desaparece y el espacio se transforma en algo distinto. Eventos globales, festivales internacionales y espectáculos de gran escala surgen con rapidez casi coreográfica. Lo que parecía permanente resulta ser temporal.
Vivir aquí es convivir con la sensación de que todo está en proceso, incluso las carreteras. Un día notás que están construyendo un puente sobre la vía que tomás habitualmente; otro, que el trayecto cambió porque ahora hay un túnel donde antes no había nada.
Los desvíos pueden ser abrumadores, pero cuando la obra termina, el resultado suele justificar la espera.
Aquí la transformación es parte del diseño. Y qué proceso tan poderoso es este.
A veces lo diferente no necesita defensa ni comparación. Solo necesita ser leído en su propio idioma. Riyadh no es caótica ni excesiva: es expansiva, climática, cambiante. Y cuando se la observa desde esa lógica, deja de parecer ajena y empieza a revelar su propio orden.

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